EJES DE TRABAJO

Locura, evaluación y tecnocracia

Iván Ruiz

Las políticas sanitarias han modificado profundamente los sistemas de ordenamiento y gestión de los recursos públicos en materia de salud. La administración pública se sitúa más que nunca en el lugar del Otro e impone una lengua única, no solo para sus procesos internos sino para todos aquellos que se dirigen a ella. Ya se trate de cuestiones sociales, educativas o de salud mental, la única lengua que cabe usar hoy es la de la evaluación.

Tecnocracia

La tecnocracia ha eliminado la división entre la política de los fines y la técnica de los medios, y ha copado el lugar de la política. Mientras tanto, los nuevos modos de gestión cortocircuitan aquí y allá los espacios de circulación de la palabra. Evaluación y tecnocracia imponen así un silencio para todos.

La llamada “salud mental” es de nuevo un campo fértil para esos desplazamientos semánticos que buscan implementar nuevas categorías que se presten mejor a un ordenamiento de los desarreglos del sujeto con su goce. El campo de la palabra incomoda a los nuevos gestores públicos porque dinamita cualquier sistema de clasificación. Si se le da la palabra a un sujeto que sufre no será posible entonces ubicarlo sin dudar en la casilla del trastorno mental, en la de la discapacidad intelectual o en la del trastorno del espectro autista. Pero, ¿cómo afectan estos “diagnósticos administrativos” al abordaje de los síntomas de los sujetos?

El desplazamiento al que asistimos hoy es el de la salud mental llevada al registro de la discapacidad. No más enfermos mentales, sino grados y tipos de discapacidad. El derecho a la discapacidad hace entonces que la ley sirva al ciudadano para definir su propio proceso administrativo, y se convierte en la única medida para la obtención de recursos, incluso en los primeros años de vida. El acto del profesional queda así borrado, pues no solo el autodiagnóstico es posible, sino también la imposición de este a los servicios de atención en aras del derecho a obtener los recursos exigidos. Así las cosas, ¿de qué modo puede la transferencia instaurarse más allá del reclamo de recursos por parte de los pacientes o de sus familias?

Evaluación

Verificamos una vez más la afinidad de las técnicas cognitivo-conductuales con los nuevos sistemas de gestión y evaluación. Las “burocracias sanitarias” -como han sido denominadas por Éric Laurent- necesitan apoyarse en los sistemas de evaluación en salud mental que sigan un abordaje instrumental, basado en cifras y referencias estadísticas. Dado lo cual, para que la aplicación de un método pueda ser validado por la administración no necesitará de la acumulación de una experiencia previa, sino de evidence -lo que en inglés designa datos, indicios o pruebas. Asistimos a un vaciamiento de la clínica del sujeto de las sutilezas que aporta la fenomenología psicótica, los síntomas neuróticos o los fenómenos en el cuerpo autístico. El uso generalizado del diagnóstico de autismo está siendo usado para cualquier trastorno en la infancia relativo al retraso del lenguaje o a la falla en el vínculo social. De este modo, la evaluación recae sobre la discapacidad: mental, intelectual o psíquica. Y se aplica de facto el siguiente argumento sin apelación posible: el autismo es una discapacidad; la discapacidad se trata con reeducación; el autista tiene derecho a ser reeducado. Pero, ¿de qué modo la orientación lacaniana mantiene el espacio abierto para el síntoma autístico, y para hablar, en cada caso, la lalengua propia de cada autista?

Locura

La lengua propia, referida al modo de gozar del parlêtre, deviene su propia locura. No necesita al Otro para ello, puesto que, en términos de pulsión, “el sujeto es dichoso”1 Lacan, J., Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 552.. El “Todo el mundo delira” es hoy más que nunca la oposición en acto al “para todos” de la evaluación. Es lo que Lacan nos mostró situando la dominación que comporta el “para todos” de un discurso, a la vez que la singularidad del discurso analítico, que por situar en el lugar del semblante al objeto a, excluye esa dominación “porque no organiza un mundo”2 Miller, J.-A., Todo el mundo es loco. Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller, Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 327. . En efecto, el discurso analítico produce los S1 con los que el parlêtre deliraba, con los que hacía su propia locura. Pero, si no hay enseñanza posible que se ordenaría en un “todo” de la experiencia analítica, ¿de qué modo el analista practicante transmitirá en la lógica del caso la operación sobre el goce en el síntoma del paciente?

El psicoanálisis lacaniano está atento a la política del síntoma en una época en la que la evaluación y la tecnocracia apuntan decididamente a un más allá del padre. Se trata más bien de la época del no-todo, en la que el sufrimiento del parlêtre debe ser registrado en ordenamientos caducos que se redefinen según la gestión de recursos. Para ello -advierte Jacques-Alain Miller- se producen “burbujas de certidumbre” propias de la época del no-todo, al modo de un llamado a la autoridad, podríamos decir, al restablecimiento de un orden que se deshace y, a la vez, busca restablecerse en series ilimitadas de S1. Así, “estas burbujas de certidumbre corresponden a este repliegue sobre un Significante-amo cualquiera al que el sujeto se aferra”3 Laurent, É., L’envers de la biopolitique. Une écriture pour la jouissance. Navarin ◊ Champ Freudien, Paris, 2016, p. 220. .

La política ya no es más el lugar de la escucha sin respuestas. Es desde la tecnocracia desde donde se responde con evaluación. Sin embargo, para el psicoanálisis la pregunta es por la locura de cada uno, la locura íntima del sujeto encerrado en su síntoma y el psicoanalista como el partenaire dispuesto a un trabajo, ahí, de aislamiento de la cifra de goce.

 

  1. Lacan, J., Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 552.
  2. Miller, J.-A., Todo el mundo es loco. Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller, Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 327.
  3. Laurent, É., L’envers de la biopolitique. Une écriture pour la jouissance. Navarin ◊ Champ Freudien, Paris, 2016, p. 220.